viernes, 5 de abril de 2013

Delirios


    Febrero de 1983. Habíamos pasado una mala época en el trabajo. El jefe nos tenía a destajo, a penas cobrábamos un salario digno y a duras penas podía pagar el alquiler de mi apartamento durante aquellos meses negros. En más de una ocasión, mi querido asturiano me echó una mano en los pagos ya que él vivía en una casa con su tío. El lector puede preguntarse el motivo por el cual no vivíamos juntos por aquel entonces. Cierto es que por fin nos sentíamos libres de compartir nuestro amor y nuestro deseo; pero, por otro lado, yo aún era una mujer casada y aunque el divorcio ya había sido legalizado en España dos años antes, aún el proceso era largo y tedioso. El que había sido mi pareja hasta entonces jamás me puso traba alguna para separarnos. Eso no significa que él no me amara sino que entendía que la situación no era sostenible y que la mejor manera de no romper nuestra amistad era el divorcio. He de confesar que siempre conservamos una buena relación y sentimos un gran afecto el uno por el otro. Él era y es un gran hombre; pero no era mi hombre.

            En aquellos primeros meses, intentamos mantener nuestra relación en secreto: él nunca se quedaba a dormir en casa y, aunque por motivo de trabajo pasábamos mucho tiempo juntos, intentábamos no dar muestras de cariño en público (a veces era algo insoportable, ese hombre tenía la capacidad de volverme loca y de electrizar todo mi cuerpo y mi feminidad con un solo roce de su mano). Aún recuerdo con gran intensidad un día de trabajo, él me miraba con ese magnetismo único y yo me derrumbaba por dentro. Recuerdo que él comentaba algunos detalles técnicos con otro compañero pero lo hacía tan pegado a mí que no podía evitar sentir su órgano palpitante contra mi cuerpo, de oler su aroma y de sentir su respiración. Unos sudores fríos comenzaron a recorrer mi espalda y no podía evitar imaginar su vigoroso cuerpo desnudo y de recordar lo que me hacía sentir cuando estaba dentro de mí. Un intenso ardor comenzó a aflorar en el interior de mi feminidad, mi respiración se entrecortaba,  me sudaban las manos y pensé que me desmallaría del deseo en cualquier instante.
  
      Justo sonó la campana del descanso, teníamos 10 minutos.  Nuestras miradas se encontraron y no hizo falta decir más. Corrimos atropelladamente hacia la zona de los vestuarios, a esa hora no debía haber nadie. Cuando llegamos nos metimos en uno de esos habitáculos donde los trabajadores nos enfundábamos el uniforme, nuestra excitación no podía ser mayor. Como dos animales en celo, nos fundimos en uno sin apenas esfuerzo: sus manos expertas me desabrocharon el peto y me desnudaron sin que llegase a darme cuenta. Acto seguido me penetró en una embestida ardiente. Le sentí entrar en mí, fue delicioso. Podía notar como su caliente pene acariciaba mis labios suave pero con intensidad. Cada vez que se alejaba de mí, me desgarraba el deseo; aunque no tardaba en volver a arremeter contra mi cuerpo. Todo se aceleró, no pude evitar morderle en el cuello para ahogar un gemido testigo del placer que me estaba regalando ese hombre y no tardé en sentir el líquido caliente que su sexo vertía dentro de mí. Acto seguido, escuchamos unas voces que provenían del pasillo que daba a los vestuarios. Nos quedamos petrificados, si alguien nos descubría nos echarían del trabajo, yo me quedaría sin dinero y tendría que volver a casa de mis padres y jamás podría volver a saborear el veneno  de la piel de ese hombre. Nos quedamos en el silencio más absoluto,  fuera continuaron vociferando durante un rato, la sirena volvió a sonar para indicar el fin del descanso y la vuelta al trabajo. Por fin las voces se callaron y pudimos salir con cierta discreción para terminar nuestra jornada.  


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