Estábamos sentados en
el sofá, comiéndonos con la mirada como de costumbre, compartiendo unas
caricias que solo podían escurrirse en nuestra imaginación. Pero esa vez todo
era diferente. Ya nos estaba permitido saltar el muro que separaba nuestros
cuerpos y sentía miedo. Una mano se deslizó por mi mejilla erizando todo el
vello de mi piel. Volví a estremecerme con aquella sensación única que jamás
otro hombre me había regalado. De nuevo mi respiración se agitaba, bocanadas de
aire atropellado en mi garganta, respiraba todos los aromas de esa habitación.
Mi excitación iba en aumento. Otra vez, mis pupilas se dilataban para
observarlo todo, todos los recovecos de su perfecto cuerpo, mis oídos se
agudizaban hasta el punto de poder escuchar el roce de sus manos con las mías.
Esta vez, mi corazón latía igual de agitado que en todas las demás ocasiones,
volviendo a paralizarme por completo. Otra vez, mi mirada se pasmaba ante sus
palpitantes labios que de nuevo se acercaban lentamente hacia mí. No obstante,
esa noche abrí bien los ojos. Quería ser testigo de aquel momento del que era
protagonista. Notaba su aliento aproximándose cada vez más, ahí llegaba… Me
besó. Me besó y seguía besándome… no había sido realmente consciente hasta
ese momento de todo el deseo contenido, de la intensidad de las sensaciones que
me había estado perdiendo. Un beso, otro… saboreaba sus ardientes labios, su
caliente lengua quemaba dentro de mi boca. Me acariciaba, me besaba. Hacía rato ya que había perdido la noción de
todo, incluso de quién era yo. Ya nada de eso importaba. Sólo existía él, él y sus besos.
En un instante,
todo se paró y aquel hombre se apoderó de mí con sus fuertes brazos y juntos
nos perdimos en el lecho de la locura. Sus dedos empezaron a escurrirse por mis
labios (mis labios ansiosos por los suyos) y se pasearon por mi cuello erizando
todo el vello de mi nuca. Siguieron su camino hasta dar con mi pecho y lo
acariciaron suavemente. A sus dedos le siguió su boca. Primero, con un intenso
beso que me estremeció por completo, continuando por mi oreja y por mi cuello.
Sus manos, aún paradas sobre mis senos desabrochaban hábilmente los botones de
mi camisa. Continuó desnudándome lentamente, aprovechando para acariciar cada
pedazo de piel que quedaba al descubierto. Caricias y besos tan dulces, sutiles
e intensos al mismo tiempo… despertaron en mí unas sensaciones únicas. Ahora le
tocaba a su húmeda lengua seguir los pasos de sus manos. Se deslizó caliente
más allá de mi cuello. Yo estaba completamente desnuda, como un animal
desvalido esperando el siguiente movimiento de su depredador. El rastro húmedo
se topó con mis pechos y allí se quedó un tiempo, el tiempo justo para volverme
loca de placer. Rodeaba con sus labios mis pezones endurecidos por la
excitación, los absorbía, los acariciaba y volvía a besarlos. Mis manos tomaron
su cuerpo y lo acariciaron hasta que se aprendieron de memoria todo el mapa de
su piel. Mis labios echaban de menos los suyos y con ansia se buscaron hasta
encontrarse y fundirse en otro ardiente beso. Con ciego deseo, mi boca comenzó
su propia aventura por ese cuerpo tan soñado y deseado. Mi frenética boca
continuaba su camino por los senderos desconocidos de su piel, besando su
cuello, saboreando su oreja, besando su pecho. Mis ávidos labios se toparon con
su ombligo y continuaron besando su vientre. Podía oír cómo se aceleraba su
pulso, cómo se agitaba su respiración y eso no hizo más que intensificar mi
deseo. Ardía y me derrumbaba de placer al acariciar con mi lengua su caliente y
palpitante sexo. Lo besaba, lo saboreaba, lo tomaba en mi boca y lo humedecía
con mi lengua, hasta que sentí su caliente explosión de placer.
Se volvió
hacia mí, y con fuerza me tumbó de nuevo en la cama. Ahora le tocaba a él
divertirse. Me recorrió por completa con sus besos, alcanzó mi vientre y
comenzó a jugar. Primero besó mi ombligo, después me acariciaba la pierna y me
besaba en el interior del muslo. Primero una pierna y después la otra. Mi excitación
estaba al límite y pensé que estallaría de placer de un momento a otro. Luego,
sentí cómo su cálido aliento se aproximaba a mi sexo, me besó, mi intimidad no
paraba de palpitar. Poco a poco fue deslizándose por mi sexo haciéndome temblar
de placer hasta que por fin su hirviente lengua se introdujo dentro de mí
arrancándome un gemido y envolviéndome en un exquisito torbellino erótico. Una
vez, otra y otra, los movimientos frenéticos de su lengua me acercaban cada vez
más al borde de la locura. Un estallido de placer acabó de forma convulsa con
toda esa espiral de placer.
Una sensación
de tranquilidad nos embargó en aquella habitación. Todo ese anhelo contenido
había sido liberado y sentíamos que no había nada más allá de esas cuatro
paredes, sólo existían nuestros desnudos cuerpos y entre ellos, por primera vez
en mucho tiempo, no había nada que los pudiera separar. Nada podía ya cambiar
eso.
A veces la
realidad supera la ficción y os puedo asegurar que esa noche superó cualquier
imaginación y sueño que pudiera haber tenido jamás. Aquel hombre parecía tener
la capacidad de conocer en todo momento qué es lo que deseaba incluso antes de
que yo lo supiera. Realmente ejercía un poder extraño sobre mí, me excitaba y a
la vez me asustaba; pero ya era demasiado tarde.

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