Febrero
de 1983. Habíamos pasado una mala época en el trabajo. El jefe nos tenía a
destajo, a penas cobrábamos un salario digno y a duras penas podía pagar el
alquiler de mi apartamento durante aquellos meses negros. En más de una
ocasión, mi querido asturiano me echó una mano en los pagos ya que él vivía en
una casa con su tío. El lector puede preguntarse el motivo por el cual no
vivíamos juntos por aquel entonces. Cierto es que por fin nos sentíamos libres
de compartir nuestro amor y nuestro deseo; pero, por otro lado, yo aún era una
mujer casada y aunque el divorcio ya había sido legalizado en España dos años
antes, aún el proceso era largo y tedioso. El que había sido mi pareja hasta
entonces jamás me puso traba alguna para separarnos. Eso no significa que él no
me amara sino que entendía que la situación no era sostenible y que la mejor
manera de no romper nuestra amistad era el divorcio. He de confesar que siempre
conservamos una buena relación y sentimos un gran afecto el uno por el otro. Él
era y es un gran hombre; pero no era mi hombre.
En aquellos primeros meses,
intentamos mantener nuestra relación en secreto: él nunca se quedaba a dormir
en casa y, aunque por motivo de trabajo pasábamos mucho tiempo juntos, intentábamos
no dar muestras de cariño en público (a veces era algo insoportable, ese hombre
tenía la capacidad de volverme loca y de electrizar todo mi cuerpo y mi
feminidad con un solo roce de su mano). Aún recuerdo con gran intensidad un día
de trabajo, él me miraba con ese magnetismo único y yo me derrumbaba por
dentro. Recuerdo que él comentaba algunos detalles técnicos con otro compañero
pero lo hacía tan pegado a mí que no podía evitar sentir su órgano palpitante
contra mi cuerpo, de oler su aroma y de sentir su respiración. Unos sudores
fríos comenzaron a recorrer mi espalda y no podía evitar imaginar su vigoroso
cuerpo desnudo y de recordar lo que me hacía sentir cuando estaba dentro de mí.
Un intenso ardor comenzó a aflorar en el interior de mi feminidad, mi
respiración se entrecortaba, me sudaban
las manos y pensé que me desmallaría del deseo en cualquier instante.
Justo sonó la campana del descanso, teníamos
10 minutos. Nuestras miradas se
encontraron y no hizo falta decir más. Corrimos atropelladamente hacia la zona
de los vestuarios, a esa hora no debía haber nadie. Cuando llegamos nos metimos
en uno de esos habitáculos donde los trabajadores nos enfundábamos el uniforme,
nuestra excitación no podía ser mayor. Como dos animales en celo, nos fundimos
en uno sin apenas esfuerzo: sus manos expertas me desabrocharon el peto y me
desnudaron sin que llegase a darme cuenta. Acto seguido me penetró en una
embestida ardiente. Le sentí entrar en mí, fue delicioso. Podía notar como su
caliente pene acariciaba mis labios suave pero con intensidad. Cada vez que se
alejaba de mí, me desgarraba el deseo; aunque no tardaba en volver a arremeter
contra mi cuerpo. Todo se aceleró, no pude evitar morderle en el cuello para ahogar
un gemido testigo del placer que me estaba regalando ese hombre y no tardé en
sentir el líquido caliente que su sexo vertía dentro de mí. Acto seguido,
escuchamos unas voces que provenían del pasillo que daba a los vestuarios. Nos
quedamos petrificados, si alguien nos descubría nos echarían del trabajo, yo me quedaría sin dinero y tendría que volver a casa de mis padres y jamás podría volver a saborear el
veneno de la piel de ese hombre. Nos
quedamos en el silencio más absoluto,
fuera continuaron vociferando durante un rato, la sirena volvió a sonar
para indicar el fin del descanso y la vuelta al trabajo. Por fin las voces se
callaron y pudimos salir con cierta discreción para terminar nuestra jornada.

