jueves, 31 de enero de 2013

La prohibición Parte II


         Aquél fue un día muy especial. Si no recuerdo mal, habíamos quedado para ir a cenar a un restaurante chino al que solíamos ir algunos fines de semana después del trabajo. No obstante, aquella velada no sería como las anteriores, yo ya era una mujer libre y estaba ávida por descubrir todo lo que me había estado perdiendo. Aunque muy decidida, estaba un poco nerviosa y me estremecía con sólo imaginarme su cuerpo desnudo. Le había deseado tantas veces que aquello me parecía extraño.  Su mirada era tan magnética que era capaz de borrar todo el mundo de mi alrededor y hacer que sólo existiera él. No sé cómo pude contenerme tanto tiempo.

         Mientras cenábamos en aquel restaurante y bebíamos licor de flores, recordaba aquella otra ocasión, cuando aún su cuerpo me estaba prohibido: en un bar irlandés cualquiera del distrito de Moncloa, bebíamos cerveza para ahogar nuestro clandestino deseo. Su mirada se clavó en mí, desgarrando un imperceptible suspiro de mi alma. Me cogió suavemente de las manos  y volvió a acariciarme con sus ojos, recorriendo cada rincón de mi cuerpo con ellos como si quisiera grabar en su retina el sabor de una caricia que jamás podría degustar. De repente, esos ojos volvieron a encontrarse con los míos, esta vez mucho más decididos. Sentía que iba a besarme en cualquier instante; pero él no tenía derecho. Una mezcla de deseo y miedo se apoderaron de mí. Mi respiración fue en aumento, mis pupilas se dilataron para observarlo todo, mis oídos se agudizaron hasta el punto de poder escuchar el fuerte latir de su corazón. Sin embargo, el mío lo hacía tan deprisa que en vez de mantenerme en alerta me paralizó dejándome a merced de aquel hombre. De repente, mi ojos se dirigieron a sus labios y sentí la descarada necesidad de besarlos. Se acercaron lentamente hacia mí, todo en aquella habitación parecía estar dando vueltas, entonces cerré los ojos en un vago intento de desaparecer de aquel lugar. Noté su aliento aproximándose cada vez más y cuando todo parecía que no podía pasar de otra manera, me besó en la mejilla y se marchó, dejándome allí abatida y con la pasión encendida. Hubiese dejado que me besara allí mismo.

    No obstante, ese momento era ya un dulce recuerdo. En aquel otoño  ya disfrutaba de la libertad necesaria para recuperar el beso que no pudo darme en aquel bar irlandés...

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