Esa noche, en mis ojos volvía a clavarse la mirada de aquel
hombre. Ésta podía parecer una caricia deliciosa y misteriosa que me invitaba a descubrir y
saborear la brisa de un mar calmado. Lo que estaba a punto de descubrir era que
también podía ser el anuncio de un arranque de virilidad que podía recordar a
las olas cuando rompen contra algún acantilado asturiano. Esa noche, aquella ardiente
mirada sólo podía significar lo que ya sabía... una bestia deliciosa estaba
encerrada en ese cuerpo a la espera de que alguna inocente mujer la liberase
para poder ofrecerle todo un repertorio de delirios nocturnos, de sabrosos
éxtasis, de convulsas explosiones de placer. Puede que no tuviera unos ojos fuera
de lo común, pero realmente sabía cómo utilizarlos para provocar en mí la
reacción deseada, al igual que sus firmes manos y todo su vigoroso cuerpo, como
más tarde me demostró.
En mi interior
crecían sensaciones encontradas. Sabía lo mucho que me atraía ese hombre y todo
lo que podía sentir y experimentar con él. Lo sabía. Pero también estaba
aterrorizada. Estaba segura de que en cuanto él consiguiese atravesar las
puertas de mi intimidad, yo estaría perdida. Abriría una exquisita caja de Pandora para comerme todos sus bombones de licor de lujuria que me harían
enloquecer hasta límites que ni si quiera podía sospechar. Sin embargo, yo ya estaba más que preparada. Ya habíamos esperado demasiado.
Cuando terminamos la cena, él me acompañó hasta mi apartamento. Éste era un minúsculo habitáculo que había alquilado con lo poco que ganaba en el trabajo, pero era muy acogedor y sus paredes fueron testigo de las más intensas experiencias que jamás haya vivido. Realizamos casi
todo el trayecto en el silencio más absoluto, interrumpiendo la afonía con sutiles
caricias que presagiaban lo que en breves sucedería. Cada vez que sus dedos rozaban mis manos, o sus ojos se clavaban en mi cuerpo, todo mi ser se estremecía a la vez por los nervios y a la vez por el deseo que albergaba.
La
televisión estaba encendida y dentro había un señor que se hacía llamar James
Bond y que no dejaba de repartir
puñetazos. Esa noche, bebí más licor del que acostumbraba y fumé...
jamás fumaba. Pero esa noche lo necesitaba, estaba deseosa de vicios prohibidos:
alcohol, tabaco, sexo... Entre calada y calada recordé otra ocasión que
me desconcertó en el pasado y que casi hizo que perdiera los papeles. Aquella vez también estábamos en mi
apartamento. Él estaba en la terraza, con su torso desnudo brillando con las
estrellas. Otra vez esa mirada... me
recorrieron escalofríos por toda la espalda y me provocó un ardor en lo más
íntimo de mi ser. Me lanzaba bocanadas de humo y yo quería dejarme envolver en
ese aire impuro y perverso para que me arrastrara hasta sus brazos para acabar
conmigo en un impuro acto de adulterio. En aquel lejano momento, su mirada ardiente lo llenó todo.
Ese recuerdo hizo darme cuenta de que ya no había necesidad de más esperas, de más sufrimientos, de más pensamientos prohibidos. Por fin llegaría el momento tan esperado y esta vez yo sería suya.
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