Aquél fue un
día muy especial. Si no recuerdo mal, habíamos quedado para ir a cenar a un
restaurante chino al que solíamos ir algunos fines de semana después del trabajo. No obstante, aquella
velada no sería como las anteriores, yo ya era una mujer libre y estaba ávida
por descubrir todo lo que me había estado perdiendo. Aunque muy decidida,
estaba un poco nerviosa y me estremecía con sólo imaginarme su cuerpo desnudo.
Le había deseado tantas veces que aquello me parecía extraño. Su mirada era tan magnética que era capaz de
borrar todo el mundo de mi alrededor y hacer que sólo existiera él. No sé cómo
pude contenerme tanto tiempo.
Mientras
cenábamos en aquel restaurante y bebíamos licor de flores, recordaba aquella otra
ocasión, cuando aún su cuerpo me estaba prohibido: en un bar irlandés cualquiera
del distrito de Moncloa, bebíamos cerveza para ahogar nuestro clandestino deseo.
Su mirada se clavó en mí, desgarrando un imperceptible suspiro de mi alma. Me
cogió suavemente de las manos y volvió a
acariciarme con sus ojos, recorriendo cada rincón de mi cuerpo con ellos como
si quisiera grabar en su retina el sabor de una caricia que jamás podría
degustar. De repente, esos ojos volvieron a encontrarse con los míos, esta vez
mucho más decididos. Sentía que iba a besarme en cualquier instante; pero él no
tenía derecho. Una mezcla de deseo y miedo se apoderaron de mí. Mi respiración
fue en aumento, mis pupilas se dilataron para observarlo todo, mis oídos se
agudizaron hasta el punto de poder escuchar el fuerte latir de su corazón. Sin
embargo, el mío lo hacía tan deprisa que en vez de mantenerme en alerta me
paralizó dejándome a merced de aquel hombre. De repente, mi ojos se dirigieron
a sus labios y sentí la descarada necesidad de besarlos. Se acercaron
lentamente hacia mí, todo en aquella habitación parecía estar dando vueltas,
entonces cerré los ojos en un vago intento de desaparecer de aquel lugar. Noté
su aliento aproximándose cada vez más y cuando todo parecía que no podía pasar
de otra manera, me besó en la mejilla y se marchó, dejándome allí abatida y con
la pasión encendida. Hubiese dejado que me besara allí mismo.
No obstante, ese momento era ya un dulce recuerdo.
En aquel otoño ya disfrutaba de la libertad necesaria para recuperar el
beso que no pudo darme en aquel bar irlandés...